28 de abril de 2012

Hay algunos dioses con sed de sangre de niños. Algunas culturas fueron esclavas de deidades malignas a las que ofrecían a sus hijos como sacrificio, a cambio de su favor y prosperidad. Desgraciadamente, de vez en cuando llegan noticias acerca de sociedades o comunidades en las que se dan estas prácticas, así como en rituales satánicos. Es un tema desagradable en extremo, desisto por ahora de indagar en esta línea.

El tema me vino a la mente por algo mucho más sutil. Escuché en la radio una tertulia. El “inconveniente” que supone ser madre en nuestra sociedad. Hablaban de posibles fórmulas que se tendrán que dar en Europa para que la mujer “no tenga que sacrificar su carrera profesional” por el hecho de atender a sus hijos. Las soluciones pasan por dar apoyo a los abuelos de modo que ellos puedan hacerse cargo de los nietos.

Recordé entonces que los dioses que quieren disponer del corazón de nuestros hijos se disfrazan también de buenas maneras, que no están lejos, ni dan la cara con lo que son. A cambio de su favor y nuestra prosperidad, las madres tenemos que sacrificar a nuestros hijos, a nuestro derecho a la maternidad, a educarlos estando ahí; y los hijos, deben renunciar a su derecho a ser atendidos y cuidados por la madre la mayor parte del tiempo en sus primeros años de vida, a enraizarse en el valor de la familia, del amor, del apego.

Lejos de señalar con el dedo a las mujeres con niños pequeños que trabajan fuera de casa (es mi caso), señalo a la sociedad que obliga a padre y madre a trabajar para poder sobrevivir y olvida que hay que cultivar más a la familia y sus valores para que esta pueda sobrevivir. A la sociedad que en lugar de facilitar la incorporación de la mujer al mercado laboral tras un tiempo razonable de maternidad (razonable, no 16 semanas), ningunea a las que pueden quedarse en casa y lo hacen. A la sociedad que se cree libre y laica pero sacrifica niños y valores a sus dioses.

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27 de marzo de 2012

Hablando de España, es difícil no estar en contra de los recortes y de las “medidas anticrisis” como la reforma laboral y otros aspectos que evito por cansinos. A mes y medio del primer aniversario del #15M y su #spanishrevolution, los sindicatos proponen una huelga general. Tenemos derecho a quejarnos, a dar nuestra opinión. Cierto, evidente. Lástima que con ello parte del sueldo de muchos sea descontado para que pase a engrosar noséquécuentas de la administración/bolsillos desconocidos. Lástima que sea una propuesta que pone en jaque mate a muchos trabajadores de según qué empresas si decidieran ir, lástima que sea una medida del s.XIX en pleno XXI.

Uno puede estar en contra de las medidas que los gobiernos, independientemente de su color, ponen al servicio de los que más que perder dinero, lo están dejando de ganar. De los que se bajan sueldos y se suben dietas. De los que se declaran insolventes tras cambiar de nombre su patrimonio. De las grandes empresas y de los poderosos, como diría mi vecino. Sí, podemos estar en contra de estas medidas, porque lejos de depurar responsabilidades de una mala gestión, ahogan sin garantías a quienes ya pagan penitencias ajenas.

Se puede estar en contra de todo esto, y sin embargo tampoco a favor de la huelga. Hay que reinventar el modo de dejar huella, de cambiar las cosas. Hoy, el secretario general de la CECOT, David Garrofé, ha publicado en las redes que para acabar con el déficit cada ciudadano debería pagar 600 euros o reducir las prestaciones públicas por el mismo importe.

Pienso pues en una iniciativa a la que hay que pulir, dar eco y una oportunidad, una #revoluciónpositiva, que viene de abajo y también de las entrañas: que los distintos colectivos como sanidad y educación sin ir más lejos, se propongan que cada trabajador que lo desee (y ya dispuesto a perder dinero por ir a la huelga) done la cantidad que le sería “quitada” por ir a la huelga con el fin de saldar una deuda de su sector. El dinero, que de todos modos iría a la administración, sabríamos a dónde va, y de paso sería una ayuda muy importante a poner solución al déficit.

Como contra podemos decir que no nos corresponde a nosotros solucionar lo que “ellos” han echado a perder. Pero digo yo, y eso qué más da, si de todos modos ya están pasando por nuestro bolsillo. Las cosas se han hecho mal, muy mal. Pero empecemos a pensar en positivo y a dar soluciones plausibles que provengan más de “nosotros” que de “ellos”. Sin dejar de pedir responsabilidades, y dando ejemplo, buen ejemplo, y mejor legado a nuestros hijos. #revoluciónpositiva.

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14 de diciembre de 2011

Como tener hijos es gratis, y mola, tengamos hijos. Además son una buena medida anticrisis, porque nos conducen a un aumento del consumo, del ahorro, del trabajo, de la responsabilidad y de la inteligencia. Así que ahora lo veo claro, ¡pongamos Europa a parir!

Por cierto, hablando de hijos: antes de nacer son una mezcla de proyecciones, expectativas, ilusiones y temores; durante el nacimiento son, a parte de una putada, más bien cabezones (demasiado grandes); tras nacer son lo más megamaravilloso que pueda pasarle a uno. A los pocos años siguen siendo esto último más lo primero y lo segundo. A los muchos años son… eso es un misterio para mí.

Mira tú, casi casi como Europa. Antes de nacer era un pequeño embrión con sus propias aspiraciones, ilusiones y temores; durante su nacimiento fue lo más megamaravilloso que podía pasarle a uno; a los pocos años es, a parte de una putada, más bien demasiado grande (y cabezona). A los muchos años… eso también es un misterio, pero van llegando pistas.

Así que pongamos nuestro granito de arena, nuestra propia medida anticrisis, ¡hay que poner Europa a parir!

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28 de junio de 2011

Vacaciones hay de muchos tipos: cortas, largas, cercanas, lejanas, deseadas, temidas, caras, baratas, reales y mentales… Valga la sencillez de que las mejores vacaciones son las que más te gustan, como los vinos, los libros y las pelis, y que te digan que no.

¿Que cuándo empiezan? Yo digo que en el momento en que se planean y organizan: listas de lugares, de actividades y material, previsión presupuestaria, elección de transporte, reservas, fechas clave, pequeñas o grandes compras. Se van forjando unas expectativas personales e intransferibles, mezcladas con sentimientos de ilusión o temor o una combinación de ambos. El día que sacas la maleta de debajo de la cama es en verdad especial: conforme tiras de ella algo se anuda en el estómago, y una vaga pereza se deja asomar, abrumada la cabeza con la selección de aquello que sí nos llevamos, o bueno tal vez no hace falta, o bueno sí por si las moscas.

Lo que más me gusta de las vacaciones es que al destronar una rutina a favor de otra o de una pura anarquía, la mente se abre, descansa para eso y se pone a trabajar para aquello, se pone en perspectiva a sí misma y a todo lo demás, decimos que “nos damos cuenta de lo importante” y una dulce melancolía envuelve el alma. Porque de lo único que no podemos hacer vacaciones es de nosotros mismos, y son una buena oportunidad para conocernos mejor, de gustarnos un poco menos para crecer un poco más.

Vacaciones hay de muchos tipos, valga la sencillez de hacer que cuenten para algo más que para ser contadas.

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30 de marzo de 2010

La noche del viernes a sábado soñé algo muy bonito y muy simple en la mitad de un sueño complicado e ininteligible. El caso es que en un momento dado yo iba andando por una calle y de repente la calle oscurecía del todo, se hacía de noche (en el sueño eso no daba miedo, era muy normal); todo se quedó a oscuras de verdad, levanté la mirada y el cielo se había llenado de estrellas y de constelaciones que no había visto antes y que brillaban con una intensidad natural. Recuerdo que contuve la respiración, me fijé en una constelación que llamaba la atención por su parecido a una estrella con cola (como las que se ponen sobre los árboles de navidad), y continué andando por esa calle, tenía prisa por ir a alguna parte. Al salir de esa calle, era de día de nuevo, aunque eso tampoco me pareció sobrenatural.

De este sueño y de su descripción me llaman la atención varias cosas. La primera es que lo tuve la noche antes de ir de fin de semana a la montaña, y es en la montaña donde se ven los cielos más bonitos del mundo, por su escasa contaminación lumínica. De modo que esa misma noche pude admirar de nuevo el firmamento, buscando en vano las constelaciones oníricas grabadas en mi retina mental. Probablemente mi subconsciente ansiaba esa noche en la montaña, con su firmamento y todo, y se apresuró a anticiparlo la noche anterior.

En segundo lugar, de regreso a casa, en mi página de facebook me apareció la frase “fulanito de tal se hecho fan de mirar las estrellas”, vaya, menuda casualidad en plena paranoia sobre la belleza que nos perdemos cada día por no poder ver las estrellas, las mismas que están ahí las veamos o no… ¿”Hazte fan”? ¡I tant que me hago fan!

La tercera cosa que me llama la atención del sueño es que, de tres aspectos concretos que recuerdo, es justamente el “más normal” el que me conmovió. El cielo se oscureció de golpe, pero eso no me detuvo; el sol salió de nuevo, tampoco eso me detuvo; veo el firmamento con su majestuosidad natural y se me corta el aire, me paro, miro, miro.

Finalmente, no sé qué me tenía con tanta prisa como para no quedarme más rato ahí (iba yo como el conejo en Alicia en el país de las Maravillas), aprovechando esa visión singular… seguramente nada importante. Nada importante es lo que suele hacernos mover día a día, pasando por encima de cuantos firmamentos se dejen caer por la vida. Por si acaso, me hago fan de mirar las estrellas, y a ver si así la próxima vez me regalo con unos minutos más de contemplación estelar.

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29 de marzo de 2010

Envejecemos, eso está claro. Con la misma certeza que después del día viene la noche. Y aun así, en general, nos resistimos a ello. Se promueven los “productos naturales”, que están de moda, pero nos convertimos en el menos natural de todos ellos: luchamos contra el envejecimiento y tratamos de ocultarlo. No nos identificamos con este proceso natural, sino todo lo contrario; se interpreta como una vergüenza, algo que no va con nosotros o un asalto oportunista. Así se lucren los fabricantes de cosméticos y la “medicina de la belleza”.

Pero hay algo de acierto en este rechazo a la vejez. Le vengo dando vueltas a un asunto, y es que tal vez su origen no está sólo en lo superficiales y ególatras que somos, como siempre he venido pensando. Creo que también procede de algo mucho más profundo y sutil, de una intuición ahogada con laicismo. Una certeza ignorada -no ignorante-, la certeza de ser cuerpo y alma. El alma no puede envejecer, y de tener una, forma parte de lo que somos y de cómo nos vemos a nosotros mismos. Podemos ignorarla, pero si de verdad forma parte de nosotros, es lógico que reclame su eterna juventud, su porción de realidad.

La lucha contra la vejez sería entonces un síntoma de poseer alma y rechazar al mismo tiempo su existencia. Si aceptamos nuestra doble naturaleza, cuerpo y alma, tal vez podamos abrazar a la vejez y embellecer el alma, en lugar de embellecer el cuerpo y abrazar una crema antioxidante.

Y ya puestos a tener alma, podemos plantearnos un poco en serio la existencia de Dios, más allá de meras burlas y demás necedades.

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13 de marzo de 2010

Carnaval ya pasó, pero no lo de disfrazarse, esa costumbre nunca nos abandona del todo.

A veces me da una pereza enorme ponerme a escribir, del mismo orden que la que me acecha con un libro que nunca empiezo, o con LA lavadora que no veo el momento de poner. Es lo que me pasa estos días, tanto con lo de escribir como con lo de las lavadoras. Pereza. A mi favor diré que lo de los libros lo llevo bastante al día, y así mantengo en equilibrio mi auto-complacencia. Ja, ja.

Así que leyendo leyendo, hace poco he leído acerca de las máscaras. Esas que nos ponemos tan pronto como nos levantamos, junto con la ropa interior y lo que nos vamos echando encima. Ha sido bastante revelador. Aunque no me gusta carnaval, confieso que me disfrazo cada mañana. Vivir se convierte en el deporte insano de enseñarse y ocultarse a medias, lo cual me asquea por definición -y lo mismo me repugna a mí como a otros divierte. Y escribir es lo mismo, aunque con más premeditación.

A lo largo del día nos vamos cruzando con otras máscaras. Tanto nos repugna nuestro yo. Y con cada máscara, una evidencia: la profunda y reprimida certeza de indignidad que ocultamos hasta de nosotros mismos. La misma vergüenza de desnudez que empujó a cubrirse a Adán y Eva, la convicción de que algo va mal con nosotros mismos, de que nuestro “portarnos mal” necesita enmienda.

De modo que confieso que me disfrazo, porque si el disfraz es inconfesable es que no lo reconozco, y si no lo reconozco es que reprimo más si cabe mi necesidad de enmienda. Y negar la necesidad de enmienda es rechazar la enmienda, como ahogarse en el mar y prescindir de un salvavidas a mi alcance.

Sí, sí, carnaval ya pasó, pero no lo de disfrazarse.

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21 de febrero de 2010

Imagine there´s no heaven, imagina que no hay cielo, ni Dios, ni tampoco infierno. Imagina que lo que vemos es todo lo que hay. Imagina que el dolor y el sufrimiento no tienen enmienda, ni tampoco la injusticia.

Imagina que no hay nada más que esto, que la muerte es un absurdo, así como la vida. Imagina que todo es relativo, sin nada más cierto que lo falso, ni nada más falso que lo cierto. Imagina si eso acaso traería paz.

Imagina que no hay nada por lo que tenga sentido vivir, ni nada por lo que la muerte cobre sentido. Nada capaz de justificar que el amor es mejor que el odio, el respeto, la tolerancia. Nada por lo que tenga sentido aprender a amar a quien nos hiere.

Imagina que no hay nada capaz de dar dignidad a la raza humana, a su existencia, ni de consolar y levantar un alma rota, cansada.

Imagina que nada te advierte de que algo va mal con el mundo, con uno mismo.

Imagina que te resignas a no explorar otra posibilidad más que la que tus ojos te brindan.

Imagina que no hay cielo.

Ahora imagina que sí lo hay.

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10 de febrero de 2010

Citando a un amigo, no existen casualidades, sólo casualidades que no entendemos. Eso equivale a decir, a mi entender, que las casualidades tienen un propósito, lo cual sugiere a su vez un montón de suposiciones (por lo pronto, que existe algo parecido al destino y también una mente superior para diseñarlo, como Dios).

Existe algo en las casualidades que las hace interesantes, y es la capacidad de asombro que producen en quienes las experimentan. Los niños tienen una inagotable capacidad de asombro (¿en qué momento eso deja de ocurrir, por cierto?). Para admirar algo de verdad y de forma duradera, y no por esnobismo, es necesario experimentar asombro y humildad. Eso tiene poco lugar en una sociedad donde nada debe sorprenderte mucho, porque se supone que estás a la última y ya deberías conocerlo, y donde la humildad no es una de las cualidades que uno tiende a especificar en su curriculum.

Para creer que existe un Dios susceptible de ser admirado, uno debe estar mínimamente (y subrallo, mínimamente) predispuesto al asombro y a la humildad, a no saberlo todo de antemano. A veces somos nosotros mismos quienes impedimos a nuestros corazones maravillarse, tal vez por orgullo, tal vez por miedo, o ambas cosas.

Si uno piensa un ratito sobre el Universo y todo eso de que los científicos no han encontrado sus bordes ni tampoco saben dónde estamos exactamente en el mapa cósmico, “al corazón le quedan dos alternativas: experimentar terror o asombro. [...] Somos demasiado orgullosos como para experimentar asombro y demasiado melindrosos como para experimentar terror. Le reducimos [a Dios] a matemática para no tener que temerle”, citando ahora a Donald Miller en “Blue like jazz”.

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30 de enero de 2010

De algún modo tenemos muy interiorizado que lo que más nos conviene es también lo que nos proporciona bienestar, aunque se encierra ahí una paradoja que no se puede omitir. No se puede omitir porque no es un fenómeno local, sino íntimo y universal al mismo tiempo. Nada de discusiones retorcidas, más bien algo tópico, del tipo “lo tiene todo y no es feliz”.

La sociedad occidental, orgullosa de serlo y proselitista empedernida de sí misma, no logra comprender por qué no genera individuos más felices, o incluso niños más felices. La sociedad del bienestar no es la sociedad de la felicidad, sino que pone en evidencia que no tenemos ni idea de lo que nos conviene. Desafortunada impostura: simplemente, el dolor y las tragedias están ahí, y también las vidas llanas y aburridas, y también la sensación de impotencia y la incapacidad por controlarlo todo. Eso forma parte de la vida, y se reparte sin seguir un patrón previsible.

Cómo nos las hemos apañado para convencernos de que el sufrimiento es un castigo, y el poder adquisitivo sinónimo de índice de felicidad, eso admite teorías. Pero en todo caso, si estamos persuadidos de ello, nos impedimos experimentar la segunda paradoja. Y es que la primera paradoja nos lleva a la segunda: hay en la sonrisa de los que sufren o han sufrido grandes tragedias una belleza y dignidad que doblegan los principios mismos de la sociedad del bienestar.

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