Hay algunos dioses con sed de sangre de niños. Algunas culturas fueron esclavas de deidades malignas a las que ofrecían a sus hijos como sacrificio, a cambio de su favor y prosperidad. Desgraciadamente, de vez en cuando llegan noticias acerca de sociedades o comunidades en las que se dan estas prácticas, así como en rituales satánicos. Es un tema desagradable en extremo, desisto por ahora de indagar en esta línea.
El tema me vino a la mente por algo mucho más sutil. Escuché en la radio una tertulia. El “inconveniente” que supone ser madre en nuestra sociedad. Hablaban de posibles fórmulas que se tendrán que dar en Europa para que la mujer “no tenga que sacrificar su carrera profesional” por el hecho de atender a sus hijos. Las soluciones pasan por dar apoyo a los abuelos de modo que ellos puedan hacerse cargo de los nietos.
Recordé entonces que los dioses que quieren disponer del corazón de nuestros hijos se disfrazan también de buenas maneras, que no están lejos, ni dan la cara con lo que son. A cambio de su favor y nuestra prosperidad, las madres tenemos que sacrificar a nuestros hijos, a nuestro derecho a la maternidad, a educarlos estando ahí; y los hijos, deben renunciar a su derecho a ser atendidos y cuidados por la madre la mayor parte del tiempo en sus primeros años de vida, a enraizarse en el valor de la familia, del amor, del apego.
Lejos de señalar con el dedo a las mujeres con niños pequeños que trabajan fuera de casa (es mi caso), señalo a la sociedad que obliga a padre y madre a trabajar para poder sobrevivir y olvida que hay que cultivar más a la familia y sus valores para que esta pueda sobrevivir. A la sociedad que en lugar de facilitar la incorporación de la mujer al mercado laboral tras un tiempo razonable de maternidad (razonable, no 16 semanas), ningunea a las que pueden quedarse en casa y lo hacen. A la sociedad que se cree libre y laica pero sacrifica niños y valores a sus dioses.

